Empatía para educar

Cuando pienso en educar en mi mente ronda constantemente la palabra EMPATÍA, es decir, la capacidad de ponerse en el lugar del otro, para poder comprender lo qué siente, qué piensa o bien qué necesita, sin suponer, prejuzgar o comparar con otros niños, ya que cada uno de ellos son un ser individual con un contexto e historia diferente.

El rol del adulto es el de guiar el espíritu infantil, para que despierte su inteligencia interior,  por eso la empatía es tan fundamental en el educador, porque es el medio para crear una reacción positiva entre él y el niño. Un vínculo de confianza plena y de amor. Es la vía para que el niño se sienta comprendido, respetado y valorado,  ayudando a que la imagen interna de sí mismo sea de auto-confianza. Porque esa auto-confianza es la que va a necesitar para relacionarse de forma armónica, para aprender de sus errores sin frustrarse, para desarrollar su autoestima y alcanzar una personalidad plena.

La empatía parte de nosotros, como guías, interesándonos por esa pequeña persona,  por cómo es su vida, creando un ambiente de escucha activa, para comprender cómo se siente, cómo piensa, cuáles son sus intereses y cuáles son sus sueños.

Cada pequeño o pequeña es una historia diferente,  y sólo esta mirada empática puede ayudar a que se estimulen sus potencialidades y le acompañe en el proceso. Somos la herramienta para un desarrollo libre de obstáculos.

Los niños son las semillas que pueden transformar el mundo en el que vivimos,  y toda semilla necesita atravesar la oscuridad para germinar, está empatía es la luz que van buscando.

El escritor brasileño y latinoamericano Paulo Freire decía: “la educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo”.

 

Pilar Montes Luna

 

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